Querida amiga,

Estaría dispuesta a casarme únicamente si lo celebrásemos en la playa.

En esta década de los cincuenta, una boda sólo puede acontecer sobre la brisa del mar y el susurro de las olas. Así de excepcional y así de previsible.

Después de todo, ¿dónde si no podríamos desatar la pasión posterior a los postres que en el manto de la arena y la sal? ¿Dónde si no podría él acariciar mi flacidez, mis pechos buscando la gravedad, mi vientre indefinido, mi sexo aferrado a otro tiempo, sin la apariencia evidente de esta edad?

Imagínate esa luna llena de agosto iluminando dos almas angustiadas sin saber muy bien dónde dirigir el sentido de sus vidas.

En esa playa todo sería perfecto, el fondo y la forma; y desde el primer beso caliente de nuestro deseo, dos dedos se abrirían camino desde mi vagina hasta el centro del universo. Querría verlo siempre, querría verme.

La emoción de un segundo en su pene prepararía mi boca para albergarle, para absorberle, para traer la luz a nuestro encuentro.

No pararíamos de bailar en la lejanía de otros amantes conocidos que copularían con el aprendizaje que nosotros desaprendimos al conocernos.

Y al amanecer, después del mar, mi mirada transparente y su mirada cristalina, harían el amor a plena luz, sin velos, después de follar toda la noche de frente, de espalda, arriba y abajo, en la caverna húmeda de nuestros huesos.


Autor:
Blow Jow