La diferencia entre un inmoral y un amoral es solo de prefijo.

Celestino se divorció después de veinte años casado. Un día pensó que ya no soportaba más ser tan feliz y que adoraría ser tan desgraciado como otros conocidos suyos que ya estaban separados.

Cuando le comunicó a su mujer que quería el divorcio, ésta le tiró una palangana con cera para depilarse, convirtiéndolo en metrosexual de forma imprevista. La mujer tenía un pronto, pero luego era un pedazo de pan (duro, en opinión de su marido).

Entre ella, el abogado de ella, y su propio abogado, consiguieron su paso a mileurista, experiencia que nunca había conocido, puesto que fue uno de los mejores expedientes de su carrera y las empresas se lo rifaron desde el primer día. Entonces no existía el camelo ese de los becarios y un titulado tenía despacho propio y secretaria incluso en su primer trabajo.

Marchó a vivir a un piso compartido con unas ucranianas y con ellas descubrió las propiedades terapéuticas del vodka, ideal para el tratamiento de la depresión post divorcio y de la ansiedad provocada por la ausencia de órdenes domésticas del tipo “quítate, de ahí imbécil” o “a ver cuando acaban las puñeteras noticias que ya ha empezado Salsa Rosa”.

También recuperó la sensación de excitación al ver pasar una mujer en bragas junto a ti, en lugar de albergar pensamientos sobre las matanzas indiscriminadas de focas en el Ártico.

Las tareas del hogar estaban perfectamente repartidas. El cuidado de la casa le correspondía a cada uno de los inquilinos un día. Eran cinco: Tres ucranianas, un dominicano y él. Como faltaban dos personas para completar la semana, el sábado y el domingo la casa se cuidaba sola.

El día de Celestino (el lunes, por haber sido el último en llegar) era de mucha responsabilidad, pues tenía que realizar los trabajos que la casa se había olvidado de hacer por sí misma durante el fin de semana. Y, sobre todo, en cuestiones de limpieza de inodoros y fregaderos, solía encontrarse con bastante faena. No le importaba: Por fin se sentía de utilidad.

Había una norma estricta en lo referente a traerse parejas. No estaba permitido. Cada habitación era individual, pero de paredes muy finas que permitían escuchar hasta lo que pensaba su ocupante. El único polvo autorizado era el que se acumulaba durante el fin de semana y al que Celestino se enfrentaba, en desigual batalla, todos los lunes, armado de una bayeta famosa, porque salía por la tele. Eso sí, en la tele dejaba hasta un surco de estrellas, cosa que él nunca consiguió.

Las ucranianas se llamaban Olga, Ylenia y Ludmila. El dominicano, Donato. Y Celestino, Celestino.

Olga tenía marido (en Kiev), Ylenia tenía novio (en la cárcel), y Ludmila tenía ganas (allí donde éstas residan).

Donato por no tener, no tenía ni esperanzas. Estaba a punto de tirar la toalla y regresar a su país. Se pasaba todo el día llorando, pese a que los restantes habitantes solo se dieran cuenta cuando estaba encerrado en su habitación.

Celestino tenía apetencia de libertad y el inmenso placer de no estar obligado a amar a alguien, y, lo que es peor, a demostrárselo.

Cierto día se escuchó un llanto diferente al que estaban habituados. Partía del cuarto de Olga. Celestino pegó la oreja a la puerta y comprobó que no era el resultado de un tocamiento que se le hubiera ido de las manos. Aquello sonaba a dolor del alma. No se atrevió a llamar a su puerta, pero lo hizo en la de Ylenia a la que sí interrumpió en sus ejercicios gimnásticos del dedo corazón. Ylenia, en absoluto rencorosa, informó a Tino (era su nick casero) que Olga había recibido un e-mail de su marido comunicándola que se iba a apoyar a la revolución cubana trasladándose a vivir a la isla, y que, puesto que allí había mucho por hacer, mejor era que le olvidase, eso sí, sin dejar de mandar las remesas que tanto bien hacían en la familia que permanecía en Ucrania.

Celestino se planteó si Olga lloraba por la pérdida o por la etiqueta de idiota que, con semejante explicación, le colocaba su marido. Vaya rostro que tienen algunos.

Al no querer molestarla, pasó por debajo de su puerta una estampa del martirio de San Sebastián, por la que Olga había manifestado gran interés al verle un día abrir la cartera y observar que la única foto que llevaba era la mencionada estampa.

Horas más tarde, cuando él ya se había retirado a su habitación, vio que metían por debajo de su puerta la estampa viajera con un corazoncito pintado entre las flechas y la sangre que decoraban al santo. En un principio, le pareció una irreverencia, pero luego cayó en la cuenta del detallazo que había tenido la mujer molestándose en responderle entre tanto sufrimiento.

Que el tiempo todo lo cura es principio básico de la sabiduría popular, si a ello se añaden las propiedades terapéuticas del vodka, se puede afirmar que la cicatrización fue rápida y estética.

Olga, con el tiempo, se dio cuenta de la importancia del gesto de Tino al darle la estampa. Aquel hombre le estaba regalando su pasado. Un sentimiento de agradecimiento empezó a instaurarse en su pecho (en el que está encima del corazón), evolucionando posteriormente a admiración y concluyendo en atracción por aquel hombre generoso y sensible. Guapo, lo que se dice guapo, no era. Aunque feo, tampoco. Si bien, se encontraba más cerca de esto último. Celestino siempre estaba haciendo referencia a la expresión “el hombre y el oso, cuanto más feo más hermoso”. Como el tío no había visto nunca un oso se lo podía permitir. Pero Olga sí los había visto, y sabía, perfectamente, que entre los osos (igual que con los humanos) los había guapos, feos y del montón.

Por qué las mujeres insisten en que el físico no les importa y luego se pasan la vida suspirando por Paul Newman, Clark Gable, George Clooney o Brad Pitt, es algo que nunca entenderé, pero siempre he defendido que las mujeres no están en este mundo para entenderlas, sino para quererlas.

Olga, también fue de las que decidió que mientras viviera Jude Law, y siguiera haciendo películas, ella tenía cubiertas sus necesidades de imagen. Por ello, Tino era el complemento ideal de sus expectativas como mujer: Hablaba con Tino y soñaba con Jude.

Celestino fue testigo privilegiado de la evolución de los sentimientos de Olga hacia él, y, por lo que a sí mismo hacía referencia, notó que el vigor juvenil regresaba a su cuerpo y eso no podría ser otra cosa que una señal de que estaba enamorado.

Se declararon su amor bebiendo a morro de la misma botella, y se bajaron al portal a meterse mano. Como la “metida” fue insuficiente para satisfacer el amor de Celestino (tan enamorado estaba que le dolían hasta los huevos), tuvieron que irse detrás de una tapia de un edificio en ruinas y dar suelta a su amor entre drogatas e indigentes. En aquel momento no fueron conscientes de la compañía (insisto, les desbordaba el amor), pero no tardaron en serlo cuando Olga, al subirse las bragas, notó que llevaba una jeringuilla de regalo en su prenda íntima.

Este desagradable incidente les llevó a convocar una reunión de vecinos (los cinco) y plantear un dictamen de interpretación de la norma sobre la prohibición de traerse parejas. Celestino, rememorando sus tiempos de debate en la universidad, hizo una brillante defensa de su posición. En grandes líneas, vino a decir que la norma era clarísima. Estaba prohibido “traerse” parejas. Como ellos no se habían “traído” de ningún sitio, sino que se emparejaron allí, la norma no les era aplicable.

El asunto concluyó con una votación que ganaron por mayoría absoluta (tres a dos), gracias a que, previamente, habían comprado el voto de Donato regalándole un frasquito de colirio, para que pudiese llorar todo lo que quisiera sin irritarse las córneas.

Los días siguientes fueron el cielo y el infierno. Cielo para la feliz pareja que ganó el título oficioso de “conejos del mes”, e infierno para los tres restantes. Las otras dos ucranianas se morían de envidia, y lo único que podían hacer era acompasar sus movimientos cuando tocaban el violín a las voces de la soprano y el tenor. El caso de Donato era distinto, al escuchar a los felices amantes, dando rienda suelta a sus pasiones, se le aparecía su prima Michelina, que, señalándolo con el dedo le espetaba: “Pendejo, tú podías estar haciendo ahora lo mismo si no hubieras huido”.

De la relación con Olga, Celestino obtuvo dos grandes compensaciones: Una, que compartían las tareas de atención de la casa, y a ningún buen matemático se le escapará que es mejor limpiar medio día de mucha mierda y medio día de mierda normal, que un día entero de mucha mierda.

La segunda, que aprendió que tomar el vodka, directamente del pezón de la vaca no tiene nada que envidiar a la lactancia materna.

Todo discurría en paz y armonía, hasta que una noche, Celestino, escuchó un llanto que no le era familiar (recordemos que el de Donato y el de Olga, ya se los sabía). Su primera intención fue ir a preguntarle a Ylenia (el llanto procedía del cuarto de Ludmila), pero se retuvo al considerar que ella podría no entender que su interés era exclusivamente el de un buen compañero de piso. Optó por volver a meter la estampa milagrosa por debajo del quicio de la puerta de Ludmila, y que fuera lo que Dios quisiera. En la precipitación, olvidó que la estampa aún conservaba el corazón pintado por Olga: Las buenas acciones traen, a veces, estos descuidos.

Y lo que Dios dispuso (aunque, más bien, parece cosa del diablo) fue que Ludmila le metiera la estampa por la bragueta del pijama al cruzarse los dos, él, camino del retrete, en presenten, porque se acababa de levantar y se estaba meando, ella, regresando de la ducha con el camisón pegado a la piel, porque no se había podido secar al haberse olvidado la toalla en el cuarto.

Ya saben ustedes lo dados que somos los hombres a las imágenes épicas, y, aquella, sin duda, lo fue para Celestino. Desde aquel momento, no pasó un día en que Celestino soñara con la repetición del evento. Pasó bajo la puerta de Ludmila una foto dedicada de Javier Bardem, un cromo de Figo, un folletito de publicidad de un tele chino y hasta un as de bastos. Pero aunque sí se repitieron los cruces de yo voy, tú vienes, no sucedió nada más. Y eso que se había pegado un corte de diez centímetros en la bragueta para permitir un más fácil acceso al buzón.

La situación estaba acabando con la templanza de nuestro héroe (bueno, del mío, vale), y, éste, tomó la decisión de pasar a la acción.

Una noche, en que Olga no podía folgar porque estaba “malita”, se puso una camiseta de superman que había comprado en un rastro, y sin otra prenda más que unas chanclas de las de meter el dedo, se fue al cuarto de Ludmila, el cual enviaba un rayito de luz indicativa de que aún no dormía.

Abrió la puerta como un gran actor de carácter.

Lo que vio ella: Un tío con una pinta ridícula con las vergüenzas al aire, que parecía salido de un comic japonés.

Lo que vio él: Una valkiria dedicada a la tarea de meter el dedo, aunque no precisamente, en unas chanclas.

Lo que pensó ella: Este tío está mal de la olla (en ucraniano y con la expresión equiparable).

Lo que pensó él: Me estaba esperando.

Y este pensamiento, totalmente erróneo pero motivador, impulsó a Celestino a un vuelo rasante que concluyó cinco horas más tarde con unas ojeras más propias de Batman que de Clark Kent.

Al día siguiente, volvieron a coincidir al levantarse. El no iba en presenten sino “en ausenten” y no tenía ganas ni de mear. Ella iba como una rosita y le introdujo una nota de amor por la portiñuela. Son 300 euros, decía.

Esa tarde, Celestino depositó el óbolo, pasando un sobre por debajo de la puerta (aquella casa parecía el palacio de Correos (sin segundas) y Exposiciones). Junto a la guita había una larga misiva en la que aceptaba el pago porque él era un caballero y aquello podía malentenderse como un violación, pero que, a partir de entonces, las siguientes violaciones debían ser gratis.

No hubo respuesta de Ludmila.

Un mes más tarde, estando la feliz pareja de enamorados (que ya no eran ni lo uno, ni lo otro) rezando en la posición del misionero, se abrió la puerta y apareció Ludmila con chaquetilla de cosaco desabrochada mostrando una luna en cuarto creciente y otra en menguante, por abajo unas botas de montar (previsora que era la chica), y en medio, nada de vergüenzas sino la gloria bendita totalmente depilada.

Le dijo no se sabe qué a Olga en ucraniano y ésta se levantó inmediatamente y se fue a rezar a otra parte.

Aquella mañana, de Celestino no quedaba ni el Tino. A lo sumo una “O”, siendo generosos. Le tuvieron de caballo toda la noche y hasta fue sodomizado con el palo de la escobilla de limpiar el water, con motivo de habérsele ocurrido, al pobre incauto, decir en un momento de euforia: Sorpréndeme.

Ni que decir tiene que a la hora del café, Ylenia y Donato, fueron enviados a sus respectivas habitaciones, pues Olga había hecho una convocatoria extraordinaria de la Junta Directiva del Piso, que, daba la casualidad, integraban las dos mozas y el caballero (de noche, caballo).

De la defensa que hizo Celestino de su causa solo se conservan algunas frases que forman parte del archivo histórico de cagadas churriguerescas. A continuación, algunos ejemplos:

A las mujeres solo os mueve el interés.

El amor es una cosa y el sexo otra, cosa que las mujeres no entenderéis jamás.

El amor no dura toda la vida (figura literaria que pretende expresar que se acaba antes de cumplir el año).

Los hombres necesitamos más del sexo debido a nuestra fisiología.

Se puede querer a dos mujeres a un tiempo.

Y no seguimos porque ya vale como muestra. Además, tampoco tuvo oportunidad de decir mucho más porque Olga le pegó, esta vez en los morros, con la escobilla que a Celestino ya la era tan familiar, y éste sufrió un ataque de arcadas que le llevó directamente a la taza del water. Olga, por cierto, le indicó: Ya que vas para allá pon esto en su sitio, por favor. La educación que no falte.

No hay que ser un visionario para imaginarse la vida en la casa durante los días siguientes. Parecían cartujos o sombras del averno. Ylenia y Donato, eran inocentes, pero también decidieron guardar el voto de silencio por si alguien decidía volver a sacar a pasear la escobilla.

Celestino perdió su privilegio de limpieza compartida y, además, Olga se encargó de que la casa no trabajase nada durante el fin de semana. Y cuando se ponía malita, guardaba las compresas usadas, hasta el lunes, para que Celestino tuviese que hacerse cargo de ellas, sabedora de que al hombre le hacía muy poca gracia entrar en contacto con esa modalidad de residuos urbanos.

Nuestro héroe (¿Todavía sigue siendo solo mío?¿No les da pena? Ok.) consideró que no podía dejar que las cosas siguieran por ese rumbo, y solicitó la colaboración de Ylenia para que llevase su propuesta de armisticio a Olga. Porque, realmente era solo con ella con la que estaba en guerra. Ludmila se mantenía a la espera de los acontecimientos. No se había vuelto a disfrazar, pero tampoco le pegaba sin mediar motivo sexual.

Resumen de argumentos para la rendición:

Soy un idiota y lo reconozco.
Soy un idiota y lo reconozco.
Soy un idiota y lo reconozco.

Ylenia le sopló otros tres:

Perdón.
Perdón.
Perdón.

Gracias a la consultoría de Ylenia, Olga firmó la paz (porque si llega a ser por los argumentos de él, todavía estaba esperando).

Celebraron la reconciliación con una cena a base de pepinillos y vodka.

Donato se retiró pronto a llorar a su habitación.

Los restantes, siguieron con el vodka, porque una lata de pepinillos no da para mucho.

Celestino, que había empezado a sufrir ardores desde que cambió sus hábitos alimenticios al divorciarse, iba alternando trago de vodka con una cucharada sopera de leche condensada. De esta forma, conseguía (según él) construir una película protectora de su membrana intestinal. Las otras tres no necesitaban de esta profilaxis, pues debía hacer ya tiempo que no tenían ni membrana ni intestinos.

Apareció el momento de ternura habitual en estos casos y Celestino, en un acto de espontaneidad se levantó a dar besos castos en la mejilla a todas sus compañeras, como muestra de que el demonio del sexo había sido exorcizado de su cuerpo serrano.

Empezó por Olga (por aquello de la antigüedad), continuó por Ludmila, demorándose unos segundos más por si recibía carta urgente, pero no llegó, y terminó por Ylenia, y, mire usted por dónde, cuando menos se espera salta la liebre. La liebre consistió en una agarrada de paquete que si no le hizo una vasectomía natural, poco le faltó.

Aturdido, volvió a su silla. Las otras dos, aparentemente, no se habían apercibido de la jugada. ¡Menos mal! Con todo el esfuerzo que le había supuesto restablecer relaciones diplomáticas. Miró de reojillo a Ylenia. Ella le devolvió una sonrisa beatífica.

Nadie estaba dispuesto a marcharse a la cama. Parecía un concurso de supervivencia. Finalmente, Celestino, se levantó y dijo que había sido una velada inolvidable, pero que había que reponer fuerzas. Tal vez no fue la frase más afortunada del mundo, pero las hay peores, como la de “polvo eres y en polvo te has de convertir” (dicha por un amigo a su suegra en el banquete de bodas).

Todos se fueron a la cama. Cada uno a la suya.
Sí, claro que ocurrió.

Entre una hora y dos horas después de haberse retirado (falta precisión, pero es lo que hay), una notita entró bajo la puerta de Ylenia: ¿Cuánto tiempo le falta a tu novio para salir de la cárcel?

Cinco minutos más tarde llegó la respuesta al cuarto de Celestino: Siete años, tres meses y cinco días.

Celestino realizó unas estimaciones de esperanza de vida, vigor sexual, y tiempo de permanencia en una misma residencia, y concluyó que merecía la pena arriesgarse.

En esta ocasión no se puso la camiseta de superman sino una que ponía: “España y yo somos así, Señora”. Se enfundó los pantalones que llevaba antes, porque le traían buenos recuerdos (en el fondo era un sentimental), y descalzo, para no molestar a nadie, se encaminó hacia el amor: La llamada del amor supera en hipnotismo a la de la flauta de Hameln, pensó. Y se quedó tan contento.

No hicieron el amor por señas, pero casi. Celestino estaba aterrado de que las otras, especialmente Olga, se pudieran enterar, y mucho tantra por arriba, mucho tantra por abajo y nada por el medio.

Puesto que Ylenia ya se había olvidado de cómo era aquello (su novio estaba aislado en una celda para reclusos peligrosos, sin derecho a visitas), no se quejó demasiado. Lloró algo, pero Celestino lo achacó a la excitación. Solo se dio el gustazo de agarrarle los huevos, otra vez, con vehemencia, sabedora de que Celestino no iba a decir ni pío. Ni pío, ni guau, ni miau. Solo emitió un sonido gutural que recordó al que debió transmitir el del famoso chiste antes de decir: “Soy el mudo”.

Al terminar (Celestino, claro), éste le preguntó a Ylenia: ¿Te ha gustado? Ella le hizo un gesto de silencio poniendo el dedo corazón en los labios de él, y así salió del paso, no sin dejar un mensaje subliminal, que él no captó, pues a esas alturas de la noche, después de tanto tantra, rematado con un mete-saca, quién es el guapo que distingue un dedo corazón de un dedo índice.

Por la mañana, las otras “fieras” no dieron muestras de estar al tanto de lo sucedido y, Celestino, respiró.

A lo largo del año siguiente, Celestino se convirtió en La Pantera Rosa. Sigilosamente iba visitando de forma alternativa las tres habitaciones del antiguo telón de acero. Por cierto, no pudo contrastar esa leyenda de que el virgo de las del Este es más duro y resistente. Allí ya no quedaba virgo, sino que, más bien, era terreno de capricornio.

Olga le había perdonado (¡Lo que hace el hambre!). Ludmila le había hecho una promoción 3x2 (compre tres y pague dos). Curiosa esta dependencia que tienen los hombres de tirar la pasta aunque no tengan. E Ylenia no perdía la esperanza de tener un orgasmo aunque fuera fantaseando con su novio. Muchas veces le llamaba Igor, y cuando él protestaba, le decía que era una expresión ucraniana, sacada del cuento de Caperucita, que significaba: “¡Qué polla más grande tienes!” A lo que él contestaba: “Pues dale”. Y cuando ella preguntaba qué quería decir con eso, le contestaba que también estaba sacado del cuento de Caperucita, versión española, y significaba: “¡Es para que me la comas mejor!”.

Ninguna mencionó jamás que conocían los desplazamientos de la pantera, pero hasta él era consciente de que todas lo sabían: Y quien calla, otorga.

Cumplido un año de la cena de la reconciliación, propusieron conmemorarla, con el único cambio de los pepinillos por jamón ibérico que, naturalmente, pagó Celestino por ser producto de su tierra. Como Celestino llevaba tiempo maquinando un plan de ataque diabólico, consideró el gasto como una inversión en munición.

¡Esa noche pretendía acostarse con las tres a la vez! El poder afrodisíaco del jamón, combinado con la fuerza estimulante del vodka, podrían llevarlo al éxtasis.

Para ello, sugirió que jugaran a las prendas. Pero como también había propuesto unos días antes que fuera una fiesta romana, las prendas a eliminar eran solo una sábana y una diadema (él se puso una corona de pepinillos, ya que no se iban a degustar).

El que tardase más en beberse siete chupitos de vodka pagaba prenda. De nuevo, pongamos a los matemáticos en acción. Ello significaba que el que menos, se habría tomado 14 chupitos, y el que más entre 49 y 56 (se obligaría al ganador a que se tomase los últimos para que técnicamente se pudiese afirmar que había quedado el último compitiendo consigo mismo). La media estaría entre 31.5 y 35 (aunque la media, en estos casos, no sirve para nada). Y la moda entre 42 y 49 (valor mucho más representativo, aunque para ser más preciso, habría que hacer varias combinaciones).

Con unos 40 chupitos, el sexo en grupo estaba garantizado. Máxime, si él perdía el primero, cosa que sucedería sin necesidad de que se dejara (distinto hubiese sido si la competición fuera a comer jamón).

Con Donato no se contaba. Ya, para entonces, se habría ido a llorar a su cuarto.

¡Qué fiesta! ¡Qué desmadre!

Incluso Donato parecía que no se iba a ir nunca a llorar (hasta que Celestino se lo recordó).

Los resultados de la competición fueron:

Celestino: 14 chupitos.
Olga: 42 chupitos.
Ylenia: 49 chupitos.
Ludmila: 56 chupitos.
Media: 40.25 chupitos

Moda (por apreciación): Entre 42 y 49 (aunque si fuésemos ortodoxos, la moda matemática estaría entre 1 y 14, pero la vida es algo más que fríos números).

En cuanto a los resultados cualitativos, todos quedaron en pelotas, aunque la estabilidad de algunos dejaba bastante que desear.

Celestino formuló la inocente pregunta: ¿Qué, nos vamos todos a mi cama para el fin de fiesta? Y cerró los ojos, bajo la disculpa de que se le había metido vinagre de cuando llevaba los pepinillos.

Esperó la respuesta lleno de angustia. Más, si cabe, al venirle a la cabeza la imagen de la escobilla.

Al escuchar: “Da”. Se protegió instintivamente los morros con los brazos. Pero solo escuchó risas. Abrió los ojos y vio a las tres dando saltos, gritando: Da, da, da.

Se prometió que asistiría a un curso intensivo de ucraniano para no volverse a llevar esos sustos. ¡Qué felicidad! Se aproximaba el momento cumbre de su divorcio y se unió a los saltos de las chicas gritando da, da, da, y añadiendo cortes de mangas hacia donde, estimativamente, debía encontrarse su domicilio conyugal.

Tras recuperar la calma, las chicas le pidieron que se fuera a esperarlas en su cama, ya que querían darle una sorpresa. Como anticipación, Olga le metió un pezón por una oreja, Ludmila le devolvió cinco euros (era un acto simbólico, no crematístico) y, chupándose el dedo, se lo pasó suavemente por el culete a nuestro héroe (¿Qué, sigue sin serlo? Pues ya, me rindo), e Ylenia hizo un amago de agarre para sustituirlo en un último momento por una caricia escrotal, que no sabría describir porque no he tenido el gusto.

Celestino se fue, en plan triunfador de la feria, tirando besos al aire.

Al pasar junto al cuarto de Donato, escuchó sus lamentos y se hizo la firme promesa de invitarlo a una de las juergas dentro de dos o tres años.

Entró en el suyo y se tumbó como si estuviera en la camilla de un ginecólogo.

No tardaron en escucharse los da, da, da que se aproximaban festivos.

El llanto de Donato se había amplificado y, por un segundo, pensó que el mierdecilla le iba a fastidiar la orgía. Más de pronto, cesó de golpe. Un golpe fue precisamente lo que se oyó al cerrarse la puerta del melancólico y luego, más vale que no entre en detalles porque tampoco tengo la intención de ensañarme con mi héroe (aunque me parece que se lo regalo).

Los da, da, da sonaron todas las noches a partir de aquella.

Donato no volvió a llorar, y el fantasma de su prima pasó a mejor vida.

El único llanto que se escuchó en la casa, era el último que faltaba por hacerse familiar. Aunque de nada sirvió porque las chicas ya sabían que era una táctica del estratega.

Si bien, lo cierto, es que era un llanto natural salido del bajo vientre. Porque también los divorciados tienen su corazoncito (allí donde se encuentre).


Madrid, 13 de Agosto de 2009





Autor: Relato cedido a YOWIC por Luis Ricardo Suárez, El Poeta Pijo.